Conectados, pero ¿realmente acompañados? El impacto emocional de las redes sociales en la salud mental
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Nos permiten comunicarnos de manera inmediata con cualquier persona desde cualquier parte del mundo. Sin embargo, aunque algunas de estas plataformas nos permiten mantenernos en contacto con personas que están lejos, no siempre garantizan que nos sintamos acompañados. En ocasiones, detrás de la conexión digital pueden existir sentimientos de soledad, ansiedad o insatisfacción personal.
En especial, los adolescentes y los jóvenes universitarios utilizan las redes sociales para construir su identidad y su sentido de pertenencia. En esta edad, la opinión de los demás resulta muy relevante, lo que puede hacer que su autoestima dependa de la validación externa. La búsqueda de halagos y comentarios positivos puede generar una sensación de bienestar momentánea, pero si no existe esa aprobación, puede generar mucha frustración y malestar.
¿Qué hay detrás?
Diversos estudios indican que el uso excesivo o inadecuado de las redes sociales se relaciona con síntomas de ansiedad, depresión, estrés y baja satisfacción con la vida. Cuando nos comparamos con las imágenes perfectas que otras personas publican, podemos experimentar sentimientos de inferioridad, envidia e incluso tener una visión distorsionada de la realidad. Además, el miedo a perderse algo importante, conocido como FOMO (Fear of Missing Out), dificulta la desconexión y favorece una dependencia emocional de estas plataformas.
Otro aspecto relevante es que ahora la gente se ve menos en persona. Aunque las redes sociales facilitan el contacto, no ofrecen la misma calidad de relación cara a cara. Asimismo, existe la posibilidad de que se den otros fenómenos a través de las redes sociales, como el ciberacoso, la exposición a noticias falsas, la presión por cumplir unos cánones de belleza… lo que intensifica el malestar y afecta negativamente a la autoestima, especialmente en las mujeres.
La pandemia de COVID-19 hizo que esta situación fuera más evidente, ya que incrementó el tiempo de uso de los teléfonos móviles y otros aparatos tecnológicos. Esto favoreció la conexión entre las personas y el acceso a la información, pero también tuvo efectos negativos relacionados con un empeoramiento de la salud mental y un mayor agotamiento emocional.
Por otro lado
Es importante reconocer que las redes sociales también pueden tener efectos positivos cuando se usan de manera consciente y equilibrada. Estas plataformas facilitan el acceso a la información, el apoyo social y la creación de comunidades con intereses comunes, especialmente para aquellas personas con dificultades para interactuar en persona.
Resulta fundamental promover un uso saludable de las redes sociales, controlando el contenido que consumimos y el tiempo que le dedicamos. Es importante favorecer la conexión con nuestras emociones, fortalecer la autoestima y priorizar las relaciones interpersonales presenciales para nuestro bienestar psicológico. No se trata de dejar de usar las redes sociales por completo, sino aprender a utilizarlas de manera responsable, sin reemplazar lo que nos hace realmente sentirnos acompañados: el vínculo humano.
Raquel Montero de la Villa
Referencias:
Abjaude, S., Pereira, L., Zanetti, M., & Pereira, L. (2020). ¿Cómo influyen las redes sociales en la salud mental? SMAD, Revista Electrónica en Salud Mental, Alcohol y Drogas, 16(1), 3–9.
Martínez-Líbano, J., González Campusano, N., & Pereira Castillo, J. I. (2022). Las redes sociales y su influencia en la salud mental de los estudiantes universitarios: Una revisión sistemática.
Moreira de Freitas, R. J., Carvalho Oliveira, T. N., Lopes de Melo, J. A., do Vale e Silva, J., de Oliveira e Melo, K. C., & Fontes Fernandes, S. (2021). Percepciones de los adolescentes sobre el uso de las redes sociales y su influencia en la salud mental. Enfermería Global, 20(64), 324–364.
Valero Ancco, V. N., Sosa Gutiérrez, F., & Miranda Salas, V. S. (2025). Redes sociales y su impacto en la salud mental de estudiantes universitarios: Un estudio bibliométrico. Vive Revista de Salud, 8(22), 90–106.
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