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Ejercicio físico, ansiedad y estado de ánimo

CÓMO INFLUYE EL EJERCICIO FÍSICO EN LA ANSIEDAD Y EL ESTADO DE ÁNIMO

Cuando llevamos una temporada con estrés o ansiedad, no es solo la cabeza la que lo nota. El cuerpo también se resiente. Es habitual sentir tensión en los hombros o la mandíbula, dormir peor, notar una sensación de agobio difícil de explicar o tener la impresión de que la mente no consigue desconectar.

El ejercicio no hace que todo eso desaparezca de un día para otro, pero puede ayudar mucho más de lo que solemos pensar. Al movernos, el organismo pone en marcha diferentes mecanismos que ayudan a regular la respuesta al estrés y a reducir parte de esa activación que vamos acumulando casi sin darnos cuenta.

Muchas personas cuentan que, mientras hacen ejercicio, consiguen desconectar durante un rato. Los problemas siguen ahí, pero dejan de ocupar todo el espacio durante ese momento.

Cuidar la salud mental no depende de una única herramienta, pero el ejercicio físico puede ser una de las más accesibles y eficaces dentro de unos hábitos de vida saludables.

¿Qué pasa en el cerebro cuando nos movemos?

Cuando hacemos ejercicio no solo trabajan los músculos. El cerebro también responde, y eso explica en parte por qué muchas personas terminan sintiéndose mejor después de moverse.

Durante la actividad física se producen cambios en distintos neurotransmisores relacionados con el estado de ánimo, como la dopamina, la serotonina o las endorfinas. Estas sustancias participan en procesos relacionados con el bienestar, la motivación y la regulación emocional.

También mejora la regulación del cortisol, una hormona implicada en la respuesta al estrés. Es cierto que durante un entrenamiento intenso sus niveles pueden aumentar de forma puntual, pero cuando el ejercicio se practica de manera regular el organismo aprende a responder de una forma más adaptativa ante las situaciones estresantes.

Además, hay otra sustancia menos conocida que también desempeña un papel importante: el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF). Esta proteína favorece que las neuronas formen nuevas conexiones y se adapten mejor a los cambios, un proceso conocido como plasticidad cerebral. Gracias a ello, el ejercicio también se ha relacionado con mejoras en la memoria, el aprendizaje y la concentración.

Por último, el ejercicio también influye en el sistema nervioso. Cuando el estrés se mantiene durante mucho tiempo, el cuerpo puede permanecer en un estado de alerta constante, como si estuviera esperando una amenaza que nunca termina de llegar. La actividad física favorece los procesos de recuperación y relajación del organismo, ayudando poco a poco a reducir esa sensación de tensión mantenida.

¿Cómo puede ayudarnos el ejercicio a nivel psicológico?

Cada persona lo vive de una manera diferente. Hay quien duerme mejor, quien consigue desconectar durante un rato de las preocupaciones o quien simplemente afronta el día con más energía. Pero, en general, estos son algunos de los beneficios que más se repiten:

  • Reducir parte del estrés y la tensión acumulada.
  • Mejorar el estado de ánimo.
  • Favorecer un mejor descanso.
  • Aumentar la sensación de energía.
  • Mejorar la concentración.
  • Ayudar a regular la ansiedad.
  • Reforzar la autoestima y la confianza.

En personas con ansiedad el ejercicio puede ayudar a disminuir esa sensación de tensión sostenida que muchas veces acompaña al malestar. Aunque no sustituye un tratamiento psicológico cuando este es necesario, sí puede convertirse en una herramienta más para regular las emociones y afrontar mejor el estrés del día a día.

Además, moverse también es una forma de salir, aunque solo sea durante un rato, de la sobrecarga mental, las preocupaciones constantes o el exceso de tiempo frente a las pantallas.

El ejercicio como fuente de presión

Aquí hay algo importante: no toda relación con el ejercicio es necesariamente saludable.

Hay personas que sienten culpa cuando no entrenan, que viven el ejercicio desde la autoexigencia o que sienten que solo están haciendo «lo correcto» si cumplen determinados objetivos físicos o de rendimiento.

El problema aparece cuando el movimiento deja de ser una forma de cuidarnos y empieza a convertirse en una obligación, una fuente de presión o un motivo constante de comparación. En esos casos, el ejercicio puede dejar de aportar bienestar y convertirse en otra fuente más de estrés.

Por eso merece la pena preguntarse de vez en cuando: ¿hago ejercicio porque me hace sentir bien o porque siento que tengo que hacerlo? La respuesta puede decir mucho de la relación que tenemos con nuestro cuerpo y con nosotros mismos.

Moverse también es cuidarse

El ejercicio no hace que los problemas desaparezcan por sí solo, y en algunos casos la ayuda profesional sigue siendo necesaria. Aun así, puede ser una herramienta muy valiosa para cuidar nuestra salud mental y sentirnos mejor en el día a día.

Vivimos tan deprisa que muchas veces acabamos desconectándonos de nuestro propio cuerpo. Encontrar un momento para movernos también puede ser una forma de parar, escucharnos y cuidarnos.

No siempre podemos cambiar aquello que nos preocupa. Pero sí podemos hacer pequeñas cosas que ayuden a nuestro cuerpo, y también a nuestra mente, a afrontarlo de una manera diferente.

Sofía Carceller Del Castillo

Ejercicio físico en salud y más, mejora tu estado de ánimo

Referencias

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